CUARTA SESIÓN
JESUCRISTO ES EL CENTRO DE LA CATEQUESIS
a) Jesús, centro del mensaje cristiano
Efectivamente, la catequesis tiene como centro la persona de Jesucristo, su vida y su misterio, que ilumina todo el contenido catequístico.
"El hecho de que Jesucristo sea la plenitud de la revelación es el fundamento del cristocentrismo de la catequesis: el misterio de Cristo, en el mensaje revelado, no es otro elemento más junto a otros, sino el centro a partir del cual los restantes elementos se jerarquizan y se iluminan" (DGC 41).
Al decir que la catequesis tiene a Cristo como centro, lo decimos en dos sentidos:
1. Cristo, como centro esencial de la catequesis. La enseñanza principal en catequesis es Cristo y todo lo que hace referencia a Él.
Una catequesis cristocéntrica es aquella que anuncia a Cristo, da a conocer su vida, enmarcándola en el conjunto de la Historia de la Salvación, explica su misterio de Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros, y ayuda, en definitiva, a propiciar el seguimiento de Jesucristo, la comunión con Él.
2. Cristo, como el agente que catequiza. Tengamos en cuenta que quien enseña es Cristo; los catequistas "prestan" su voz para que sea Cristo quien enseñe por medio de ellos.
"La constante preocupación de todo catequista cualquiera que sea su responsabilidad en la Iglesia, debe ser la de comunicar a través de su enseñanza y comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús... Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa frase de Jesús: Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado" (CT 6).
Los catequistas no enseñan doctrinas, ni asignaturas, ni materias, como pueden ser la filosofía o la historia. Los catequistas más allá de ayudar a adquirir conocimiento intelectual de Cristo y su doctrina, comparten su fe y procuran poner en contacto a los catequizandos con Cristo, para que lo encuentren en sus experiencias de vida cotidianas, interpretándolas a la luz del Evangelio, de las Sagradas Escrituras y de la enseñanza de la Iglesia.
Concluyendo: Podemos decir que Jesús es la fuente, el contenido fundamental y unificante de toda la catequesis y el mediador de la misma.
b) Jesús, horizonte último de la catequesis
La dimensión cristocéntrica de la catequesis que acabamos de ver busca propiciar la comunión con Cristo. Éste es el objetivo básico de todo proceso catequístico, el horizonte último de la catequesis:
"El fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo" (DGC 80).
El catequista tiene, por tanto, la tarea ineludible de provocar el encuentro personal y comunitario del catequizando con Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne (ver Jn 1, 14), que se manifiesta como hombre y se expresa en lenguaje de hombre. En la catequesis, lo importante es el encuentro o comunión personal y dialogante con Alguien, más que el encuentro de verdades o la comunicación de un conjunto de conocimientos sobre Cristo.
La catequesis debe ayudar a que el encuentro personal con Cristo lleve a conocer y tomar mayor conciencia de que Jesucristo llama a una aventura desafiante, la aventura más seria y decisiva de la vida, que consiste en llegar a experimentar su amor, capaz de satisfacer las aspiraciones más hondas del corazón humano: la búsqueda de la verdad, el deseo de libertad y la añoranza de la verdadera bondad y belleza.
Cuando se alcanza la comunión con Cristo, toda historia humana y la totalidad de la vida humana es vista a través de los ojos de Cristo, con los pensamientos de Cristo y con el corazón de Cristo. Para lograr la comunión viva con Cristo es necesaria la escucha de su Palabra, la relación personal en la oración, la participación en los sacramentos y el cumplimiento del mandamiento del amor, expresiones o manifestaciones distintivas de los cristianos y tarea predominante de la catequesis.
"La comunión con Cristo, por su propia dinámica, impulsa al catequizando a unirse con todo aquello que el propio Jesucristo estaba profundamente unido: el Padre que lo envió a este mundo; con el Espíritu Santo, que lo impulsaba a la misión; con la Iglesia, su Cuerpo, por la cual se entregó; con los hombres, sus hermanos, cuya suerte quiso compartir" (DGC 81).
Por consiguiente, la comunión con Cristo nos introduce en la vida trinitaria: Jesucristo revela quién es y cómo es Dios, ya que Él mismo es el verdadero rostro del Padre (ver Jn 14-16). Jesús también vincula al Espíritu Santo (ver Jn 16-17), que habita en los corazones de los creyentes, y hace entrar en comunión con el Padre (ver Rom 8,16).
La catequesis, por tanto, es cristocéntrica y trinitaria, lleva a la comunión con Cristo, su vida, su mensaje y, a su vez, Cristo nos conduce al amor del Padre en el Espíritu Santo y nos hace partícipes de la vida Trinitaria (ver CT 5).
c) Jesús, modelo del catequista
Una vez reconocida la persona de Cristo como centro de la catequesis y la comunión con Él, como el fin último de la misma, el catequista toma como modelo de su acción evangelizadora a Jesús, Maestro que enseña con la palabra y con la vida la Buena Noticia de un Dios Padre que nos ama entrañablemente, e invita a alcanzar la plenitud humana en el servicio feliz y desinteresado a los demás, especialmente a los más débiles y pequeños.
A lo largo del Evangelio encontramos constantemente a Jesús enseñando a las multitudes: "De nuevo la gente se fue reuniendo a su alrededor, y Él, como tenía por costumbre, se puso una vez más a enseñarles" (Mc 10, 1). Pero también reservaba otra enseñanza especial para sus discípulos, en privado, "a solas" (ver Mc 4, 10), para llevarlos a comprender e interiorizar los misterios del Reino que ellos, a su vez, deberían transmitir cuando el Maestro faltara. En su persona y magisterio se encuentran los rasgos esenciales del ser y del saber hacer del catequista.
Jesús, portador de la Buena Nueva, enseña a:
- Escuchar la Palabra viva de Dios (ver Mt 13, 19).
- Responder a la Palabra con la conversión radical a Dios, reconociendo las raíces del mal, el pecado, y compartiendo la vida con la causa del Reino (ver Mc 1, 14).
- Orar, invocando a Dios como Padre, deseando la llegada del Reino y pidiendo el sustento del pan, la necesidad del perdón y las fuerzas frente a la tentación (ver Lc 11, 1-4).
- Comunicar y compartir lo que reciben: evangelizar (ver Mc 3, 14).
La actividad pedagógica de Jesús fue impactante; no sólo por el contenido de sus enseñanzas, sino también por la viveza educativa que se dio en la misma. Esta enseñanza se convierte en modelo para todo catequista; así mismo, el estilo propio con el que Jesús la llevaba a cabo.
Jesús enseña de una forma nueva que cautiva y despierta el interés en sus interlocutores:
- Es cercano, ameno, directo, muestra ternura y especial interés por los humildes y pobres.
- Su lenguaje es sencillo, llano, coloquial.
- Por un lado enseña y, por otro, actúa en consecuencia.
- Las situaciones concretas de sus discípulos son ocasiones para impartir una enseñanza. Los interpela a encontrar respuestas desde ellos mismos.
- Comunica su mensaje en relación con la vida y los acontecimientos diarios, tocando así la experiencia de sus interlocutores.
- Entre los recursos metodológicos empleados por Jesús tenemos: Historias, parábolas, milagros, oraciones, discursos, símbolos y lenguaje simbólico, preguntas y respuestas, estudio de casos, repeticiones, inducciones, motivaciones por medio de ejemplos y proyectos.
Para el catequista, lo importante no es hacer las mismas cosas que Jesús hizo, sino imitar su dinamismo, viveza y profundidad. No sólo transmitir la verdad con palabras, sino también testimoniarla explícitamente con la vida.
Un amor apasionado a Jesús es el secreto de un anuncio convencido de Cristo. Los catequistas son enviados a comunicar esta Buena Noticia como fruto de su propio encuentro personal con el Señor. Ésta es su dicha... Ésta es su vocación.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario