SEGUNDA SESIÓN


EL CATEQUISTA ES UNA PERSONA LLAMADA POR DIOS

La palabra "vocación" hoy está de moda. Antes, era una palabra poco usada, porque tenía un marco referencial estrictamente religioso, y se aplicaba solamente a aquellos que deseaban integrarse o tenían inclinación a la vida religiosa o sacerdotal.

Hoy, se utiliza indistintamente, se ha hecho muy común, y la entendemos y aplicamos de muchas maneras. Con ella nos referimos a un oficio o profesión; o cuando queremos expresar algo que nos agrada o nos gusta; también como predestinación o realización personal. Estos usos no son del todo correctos... veamos por qué. 

¿Qué es la Vocación?

En su origen, la palabra "vocación" viene del verbo en latín "vocare", que significa "llamado". Se refiere, desde la fe, a la llamada que Dios hace oír a la persona que escoge para que realice una misión. Sólo Dios tiene la iniciativa y la potestad de llamarnos a un proyecto o a un estilo de vida, porque toda vocación viene de Dios. Dios llama y el hombre responde.

En el Antiguo Testamento tenemos muchos ejemplos de "llamadas" de parte de Dios a las que los hombres, en plena libertad, respondieron afirmativamente a ese llamado. Veamos qué efectos ha tenido en ellos este llamado:

- Abraham (Ver Gn 12, 25)
- Moisés (Ver Ex 2, 23 - 4, 18)
- Josué (Ver Jos 1, 1 - 18)
- Isaías (Ver Is 6)
- El Pueblo (Ver Dt 7, 6)
- David (Ver 1 Sam 16, 3)

A través de ellos, también Dios nos llama para conformar su pueblo.

En el Nuevo Testamento, también tenemos ejemplos bellos de "llamadas":

- María (Ver Lc 1, 30 - 31)
- Los Discípulos, Zaqueo, el joven rico (Ver Mc 10, 17 - 22)
- Pablo (ver Hch 9, 3 - 6)

Y hoy nos sigue llamando a ti, a mí y a muchos otros para que hablemos y actuemos en su nombre, pero hay muchos que se hacen sordos a este llamado y lo niegan. 

Elementos de toda vocación

La vocación es, pues, una "llamada", un regalo, un don de Dios a una persona concreta. Llamada a la realización, a la felicidad, a la plenitud. Para que se dé, se necesitan dos personas: Dios llama, regala, y la persona responde. Por eso, toda vocación tiene tres elementos: 

1. Llamada

Invitación, regalo, don de Dios a cada persona a colaborar con Él en la salvación de los hombres. Es una invitación única e irrepetible, personal. Dejamos claro que la inciativa es de Dios, y ésta se expresa en la vida ordinaria a través de acontecimientos o intermediarios como: personas (sacerdote, religiosa, catequista), frases (la Palabra de Dios, canciones, cuentos), experiencias (ejercicios, enfermedad, pobreza, vicios), etc. Esta llamada ocurre en un momento concreto, oportuno de nuestra vida. Algunos la descubren a temprana edad o en las etapas intermedias, y otros en la edad adulta.

2. Respuesta

El hombre responde. Su respuesta abre una comunicación con Dios, en la que cada uno se expresa según sus posibilidades y circunstancias. Dios nos conoce y no nos pide nada que nos supere. Si somos hombres de fe responderemos de manera profunda, confiada, libre, consciente y total. A lo largo de toda nuestra vida tendremos la posibilidad de renovar, ampliar y potenciar esta respuesta a Dios. María y muchos otros personajes, antes citados, se nos ofrecen como modelos de respuesta pronta y alegre a la llamada de Dios.

3. Misión

Es la acción concreta realizada por el hombre, siempre con la ayuda de Dios. Se nos invita a un encuentro personal, a una amistad profunda con Dios. Quien ha experimentado en su vida el amor de Dios, siente la imperante necesidad de comunicarlo a los demás. El anuncio de su amor y su Palabra, y la denuncia de todo aquello que nos impide realizarnos como verdaderos hijos suyos. Esta misión supone renuncia y servicio, acogida y entrega al otro, para la construcción del Reino de Dios. A través de esta tarea, el hombre se proyecta y realiza su vocación. 

Ser Catequista es un llamado, una vocación

La primera llamada que todos hemos recibido de Dios es a la vida, a la existencia, y a lo largo de ella recibimos otras llamadas que nos llevan a una mayor relación de amor y de intimidad con Él, para alcanzar la plenitud y la felicidad a la que aspira todo ser humano en lo profundo de su corazón.

La vida es un don extraordinario, gratuito, único de Dios. La creación y la vida humana, en particular, es obra maestra de Dios. Hemos sido hechos a imagen y semejanza suya. La imagen se nos ha dado a través de los muchos atributos que hemos recibido de nuestro Padre Dios: inteligencia, voluntad, libertad, querer, amar... Gratuitamente, toda la creación nos ha sido dada para nuestra propia realización. La semejanza es una tarea pendiente, muy personal, proyecto que cada uno tiene que alcanzar según su propio deseo; el modelo y la medida es Cristo. He aquí nuestra vocación fundamental: "llamados a vivir en Cristo Jesús".

Esta vocación específica del catequista, generar vida, tiene su origen en la pila bautismal, en la que todos los cristianos, pueblo de Dios, renacemos a la vida nueva, y estamos llamados a cooperar en el proyecto de salvación que Dios tiene sobre la humanidad: "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conococimiento de la verdad" (1 Tim 2, 4). Por eso, Dios sigue llamando hoy a determinados cristianos para encomendarles la tarea de catequizar; es decir, a anunciar con su vida a Cristo. Es un llamamiento especial y específico en el que Dios nos manifiesta su voluntad, aunque a veces podamos pensar que fue casualidad o protagonismo personal. La vocación es, pues, un gesto de predilección por parte de Dios, de Jesús y de la Iglesia. Así lo expresa el evangelista: "Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso, y se reunieron con Él" (Mc 3, 13).

Este llamado especial a la vida y a la fe requiere una escucha y una respuesta positiva para que se transforme en vocación. El catequista debe dar testimonio y transmitir orgánicamente la fe en medio de su comunidad, de su familia, de la sociedad. Esta misión nos plantea mayores exigencias. Es un reto que no debe desalentarnos, sino que ha de ser motivo de orgullo y privilegio, ya que expresa la alta dignidad que el ser catequista tiene en la Iglesia, Pueblo de Dios.

Invitados a trabajar y actuar en nombre de Dios, el catequista lucha para que el amor y el Reino de Dios lleguen a todos los hombres. Ellos actualizan la presencia y la obra salvadora de Jesús en la Iglesia y en la historia...

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