QUINTA SESIÓN
LA CATEQUESIS ES PARA TODAS LAS PERSONAS
La experiencia de cercanía de Jesucristo y conversión a su mensaje de salvación que vive cada evangelizador y catequista lo invita a dar testimonio ante quienes han sido bautizados pero no tienen la experiencia gozosa de la riqueza de la fe, la esperanza y la caridad cristianas.
También lo impulsa a salir al encuentro de quienes tienen sed de Dios y no conocen su rostro. La experiencia de la vida nueva en Cristo hace que al discípulo de Jesucristo le duela profundamente la orfandad y la soledad de quienes no lo conocen. Lo invita a canalizar todos sus esfuerzos, a llevar la Buena Noticia a todos que están lejos de Cristo, tanto en los confines de la tierra, hasta donde no ha llegado el Evangelio, como a la vuelta de nuestra esquina y al atrio frente a nuestra parroquia, donde se reúnen muchos que tampoco lo conocen. La vocación de todo evangelizador y catequista ha de ser esencialmente misionera.
Jesús "se hace catequista del Reino de Dios para toda clase de personas, mayores y pequeños, ricos y pobres, sanos y enfermos, próximos y lejanos, judíos y paganos, hombres y mujeres, justos y pecadores, pueblo y autoridades, individuos y grupos... Se muestra disponible a cada persona y se interesa por las necesidades de cada uno: las del alma y las del cuerpo, sanando y perdonando, corrigiendo y animando, con palabras y con hechos" (DGC 163). Y nos invita a hacer lo mismo, a predicar el Evangelio a toda criatura, a "todas las gentes" (Mt 28, 19; Lc 24, 47), "hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8), y para siempre, "hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).
Cuando Jesús dice "todos", el evangelizador y catequista ha de entender tal cual: todos, evitando limitar su tarea pastoral a una sola edad o situación. El encuentro personal y comunitario que hemos tenido con Jesús nos prepara a ir hacia todo tipo de persona que requiera de una nueva y cercana atención pastoral. Destacan entre ellos:
- Los adultos mayores. Quienes sentados a la orilla del camino, o mejor dicho, fueron sentados por sus familiares a la orilla de la vida, dirigen una mirada desde sus ojos profundos y serenos, y desde sus labios pronuncian unas palabras en baja voz, pero en alta sabiduría, a quien comparte un instante con ellos (ver CT 45).
- Los adultos. Quienes en su papel de padres de familia, gobernantes, educadores y ciudadanos en general, tienen la responsabilidad de orientar la vida social de este mundo "y la capacidad de vivir el mensaje cristiano bajo su forma plenamente desarrollada" (CT 43), y requieren del catequista una atención que ilumine, estimule o renueve sin cesar su fe, con el fin de penetrar las realidades temporales de las que ellos son responsables.
- Los jóvenes. "Tesoro con el que la Iglesia puede y debe contar" (CT 40), y ante quienes el catequista debe aprender a "traducir, con paciencia y buen sentido, sin traicionarlo, el mensaje de Jesucristo" (CT 40). Edad en que llega la hora de las primeras decisiones, y que exige una catequesis que le ofrezca certezas humanas y cristianas que lo han de preparar para los grandes compromisos de la vida adulta (CT 39).
- Los adolescentes. Quienes viven una edad rica en grandezas, interrogantes y desafíos, ante los cuales el catequista ha de asumir una actitud decisiva, "capaz de conducir al adolescente a una revisión de su propia vida y al diálogo" (CT 38), de acompañarlo al encuentro con "Jesucristo como amigo, como guía y como modelo" (CT 38).
- Los niños. Para quienes el círculo social se agranda y a quienes el catequista ha de presentar a Jesucristo como amigo cercano, quien vive en nuestra comunidad cristiana, la Iglesia. Mientras le va compartiendo la alegría de ser testigo de Cristo en su ambiente de vida (ver CT 37).
- Las personas con discapacidad. Quienes "al ser mayores las dificultades que encuentran, son más meritorios los esfuerzos de ellos" (CT 41) en su camino hacia Dios, y requieren una catequesis que les integre a la vida como personas, creyentes y discípulos de Jesús.
- Los enfermos. Especialmente los que han sido embestidos por las "lepras bíblicas" de esta época y aguardan, desde su largo agonizar en convivencia cotidiana con la muerte, una mano que sostenga la suya y un hombro dónde reclinar su cabeza para, como el apóstol Juan, sentir el amor de la Buena Nueva. Y todo aquel a quien, en su peregrinar por este mundo, aún no consideramos nuestro hermano.
- Los grupos indígenas e inmigrantes. Quienes requieren ser mejor acogidos y estimados en la rica pluralidad de sus valores y expresiones (ver CT 45).
- Aquellos que han caído en alguna adicción. En una búsqueda equivocada del sentido de sus vidas (ver CT 45).
- Y todo aquel, considerado por el amor de Jesús, como uno de "sus más pequeños hermanos" (Mt 25, 35).
Con toda esta variedad de interlocutores de la catequesis, es importante recordar que no son compartimientos separados e incomunicados entre sí, y que el evangelizador y catequista ha de propiciar su perfecta complementariedad. Y recordar siempre que en la Iglesia nadie debe sentirse dispensado de recibir catequesis, y que a nadie debemos marginar de ofrecérsela.
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